Testimonio de Mario Balcázar Quintero

Testimonio de Mario Balcázar Quintero
0 11 septiembre 2018

REFLEXIONES ACERCA DE 45 AÑOS Y MEDIO DE CONVIVIR CON DIABETES

A mis 17 años de regreso de un paseo con 40 compañeros cambié mi lugar en una camioneta con dos amigos, para viajar yo en otro vehículo; ese fue el único cambio en el grupo de la prepa; ellos dos desafortunadamente murieron un rato después en una volcadura. Ese accidente me enseñó que aún no me tocaba, que me esperaban muchas brechas que esquivar e innumerables tareas que cumplir en mi vida.

En enero de 1973 a los recién cumplidos 20 años, terminaba el primer año de medicina; durante varios días me empecé a sentir muy mal; no me componía de una bronquitis; tosía con muchas flemas, orinaba mucho a todas horas, tenía mucha sed y mal estado general que aumentaba progresivamente por lo que tomaba muchos refrescos y líquidos en general; en las noches tenía pesadillas.

Debido a que mis síntomas iban en aumento, una noche pensando en los síntomas que bien conocían mis padres por los antecedentes de Beto mi hermano que vivía con diabetes juvenil o tipo 1 desde los 14 años, me llevaron al ya muy conocido por ellos Instituto Nacional de la Nutrición en donde con una muestra de sangre, en unos minutos encontraron un nivel de azúcar mayor a 400; ¡tenía diabetes!

De inmediato en urgencias me inyectaron insulina de acción rápida, medicamento que en su presentación lenta, diariamente se administraba Beto desde unos 8 años antes. En pocas horas, mis síntomas mejoraron de forma sorprendente, lo que me puso contento, pero a la vez muy “sacado de onda” y triste, pues había leído que en el mejor de los casos y aún con un muy buen control, la sobrevida de los pacientes con ese tipo de diabetes no era mayor a 30 años. Fue Beto el que me dio más ánimos para enfrentarme a esa nueva situación que inesperadamente se había presentado.

Inicialmente fui tratado con una dieta especial y pastillas por vía oral, que al principio tuvieron buen efecto, pero que fueron perdiendo su efectividad hasta que después de unos dos o tres meses ya no funcionaban, por lo que los médicos me indicaron las inyecciones diarias de insulina de por vida.

Todas las mañanas bajaba a la cocina e iba a la estufa para hervir agua con una jeringa de vidrio en un recipiente de metal de orillas curvas, sacaba del refrigerador la insulina y me inyectaba solo o con el apoyo de mi Mamá o de mi hermana Nena, usando la entonces gruesa aguja metálica que me provocaba dolor y que ahora no se cómo es que me duraba meses.

Mi primera fase con diabetes, fue mejor de lo que me podía haber imaginado; en una de mis consultas en Nutrición donde tenía el expediente 74241, un médico residente amigablemente me dijo en un pasillo: “la diabetes es como las esposas, si la tratas bien, te va a tratar bien, pero si la tratas mal, no tendrás buenos resultados”. Creo que esas palabras junto con los ánimos que me daba Beto, no solo de palabra sino en los hechos, pues él era disciplinado con su cuidado y tratamiento, y los conocimientos de aspectos médicos que iba adquiriendo al ir cursando los siguientes semestres de medicina, me hicieron ir consolidando una disciplina para cuidarme, percibiéndome como el principal responsable de una buena evolución de mi
diabetes.

Ese año de 1973 fue de adaptaciones; mi desempeño como estudiante del tercero y cuarto semestres de medicina no se vio afectado; los siguientes semestres cursados ya en hospitales, significaron una bonita etapa de mi vida; mi grupo de amigos y amigas me llamaba el “Candy man”, pues en esa época estaba de moda la canción con ese título. Mis calificaciones no fueron malas.

Con la excepción de la inyección diaria de insulina (en ese tiempo de origen bobino) por la mañana y en algunas etapas también por la noche y el orden en los horarios, en el tipo y cantidad de los alimentos, mi vida transcurrió normalmente sin haber afectaciones en mis estudios, prácticas en la universidad y en los hospitales, diversiones, en el manejar mi viejo Volkswagen rojo, en salir con amigas, en el viajar de noche a Tampico para ver a mi primera novia y en practicar varios deportes.

En esas épocas reconozco que en ocasiones si me “destrampé” algo pues con mi inconsciente ánimo de pertenencia a ese bonito grupo de compañeros, en la fiestas hasta le entraba a los alcoholes.

Cuando tuve que elegir el sitio para ir a realizar el año del internado de pregrado durante 1976, la diabetes no fue un obstáculo para que me independizara de la casa paterna, como tampoco lo fue el tener que tomar otro rumbo diferente al de mi novia Silvia, que quería que como ella, me quedara en las comodidades del D F para hacer el año de internado en el hospital Español, lo que no hubiera sido difícil pues vivía cerca del mismo y tenía buen promedio; decidí irme a Cuernavaca para prepararme como médico, donde tendría más oportunidades para “meter manos” y manejar pacientes, teniendo un rol más participativo en los quirófanos.

Posteriormente en 1977 me fui un año aún más al sur de Morelos; Coatlán del Río ya cerca de Guerrero, para realizar mi Servicio Social, enfrentándome a por primera vez en mi vida vivir solo y a las situaciones que realmente me hicieron médico y que significaron mi verdadero examen profesional, mismo que aprobé sin que la diabetes interfiriera en tantas experiencias que se daban a cualquier hora en que hacía el papel no sólo de médico, sino que también de camillero, enfermero, farmacéutico, mensajero, chofer de “ambulancia”, ministerio público y en casos especiales, de consolador.

En la etapa de las guardias del internado de pregrado (1976), postgrado (1978 en La Raza) y especialidad (1979 y 1980 en el Centro Médico Nacional), tuve que aplicar maniobras para llevar mi jeringa y ampolleta de insulina a las guardias de hasta 36 horas seguidas y sobre todo, tomar medidas para que no me fuera a bajar la glucosa en sangre durante etapas de mucho trabajo o durante la atención de un parto o de algún acto quirúrgico en que yo ayudaba; en mis bolsas traía alguna fruta o pan por si me sintiese mal; en varias ocasiones así sucedió.

En el hospital del IMSS de Cuernavaca, los días de guardias escondía mi frasco de insulina, arriba del foco interno del viejo refrigerador que estaba en el área de descanso de médicos internos. Solamente mis compañeros y amigos más cercanos con quienes compartía trabajo, hospedaje, bromas y hasta parrandas, conocían de mi diabetes pues durante muchos años fui muy cerrado para manifestar abiertamente que vivía con diabetes.

Asimismo mis dos años de preparación como especialista en Medicina del Trabajo que involucraron visitas a fábricas, guardias vespertinas y nocturnas, no representaron problema gracias a adaptaciones en mis horarios de alimentación e inyecciones matutinas de insulina. En esa época me casé con Mara quien como doctora, fue un gran apoyo para mi control.

Centro este escrito en una anécdota inolvidable que considero el punto de partida de mi perspectiva laboral, que duró varios meses desde abril de 1981 al terminar mi especialidad, etapa en que uno se quiere “comer al mundo” y ya con las responsabilidades de casado, contento me enfilaba para trabajar en Pemex, en donde se había establecido poco tiempo antes la inclusión de algunas plazas de Medicina del Trabajo.

De hecho, con el apoyo del Dr. F.O, amigo y colega de mi tío Jorge, ya tenía unos días de estar asistiendo a la entonces Gerencia de Servicios Médicos para empezar a involucrarme en los asuntos laborales; daba por hecho que los trámites para firmar mi contrato eran sólo para cumplir con un requisito administrativo, pero como parte del examen médico de ingreso, al conocerse en el resultado de la glucosa en sangre, que tenía diabetes, “todo se derrumbó”.

El Dr. F.O se molestó mucho, tanto con su gran amigo de más de 30 años mi tío Jorge, como conmigo, pues percibía que “lo habíamos engañado”; Yo estaba acostumbrado a llevar una vida casi tan normal, que nunca dije que tenía diabetes a sabiendas de que esto no tendría ninguna repercusión en mi trabajo. Al día siguiente de la revelación de ese resultado, se me indicó que yo no tenía cabida en Pemex, pues requerían contar solo con médicos sanos y que pudiesen laborar durante 30 años”.

Ese “NO”, representó para mi, el golpe más duro que había tenido en mi vida a causa de la diabetes, pero asimismo desde el fondo de mí, generó un “SÍ”, y en consecuencia, el inicio de una lucha para poder laborar en esa gran institución.

Intenté en repetidas ocasiones ver personalmente al Gerente, máxima autoridad de los Servicios Médicos de Pemex, pero ni logré conocerlo; incluso elaboré y le mandé un análisis sustentado en la Organización Internacional del Trabajo y precisamente con puntos de vista emanados de mi recién terminada especialidad, para demostrar que no había impedimento alguno para que yo pudiese realizar mis actividades laborales con toda efectividad, para que tuviera un indicador de la manera de trabajar de un profesionista de mi especialidad y que esto constituyera otra forma de tocar la puerta, pero… todo fue inútil.

Sin dejar de realizar intentos por entrar a Pemex, comencé entonces a trabajar en la Clínica 60 del IMSS de Naucálpan en el turno vespertino, institución en la que no tuve ningún obstáculo para ingresar a laborar, hasta que el día primero de agosto de 1981 repentinamente vi alguna luz después del cansado trayecto del túnel; se abrió una posibilidad, ya que después de la revisión del Contrato Colectivo de Trabajo, las plazas de los médicos de Pemex pasaron del control de la Administración, al del Sindicato, como resultado de una “negociación” la noche del 31 de Julio entre el entonces presidente López Portillo y el Sindicato Petrolero, evitándose así una huelga.

Fueron varias las semanas en que realicé múltiples intentos para ver al secretario general del Sindicato Petrolero Salvador Barragán y entregarle una carta de recomendación de mi tío Jorge (jubilado de Pemex, amigo y cardiólogo de la familia de ese líder) y de un sinnúmero de horas y desmañanadas invertidas, pues como cientos de personas que lo esperábamos desde temprano en la puerta de su hogar y en diversos lugares a donde acudía; yo solamente quería saludarlo un momento para entregarle la carta: todos los esfuerzos fueron fallidos.

Finalmente después de seis meses de intentos, un día de septiembre de 1981, aproveché un acto magno de la CTM en el auditorio del Centro Médico Nacional. Entre múltiples grupos sindicales, reporteros y fotógrafos, como pude, entre miles de personas amontonadas, me metí al recinto, lo que fue facilitado por lo flaco que siempre he sido. No tuve mayor problema para poco a poco irme acercando al foro, y en no más de tres minutos de mi entrada, calculando el momento preciso, como un resorte salté rápido y decidido hacia la mesa del foro presidido por Don Fidel Velázquez, en cuyo extremo derecho estaba el secretario general del Sindicato Petrolero. Me escabullí como si fuese un jugador ofensivo de futbol americano.

Rebasando a varios “guaruras” que intentaron sin éxito interrumpir mi trayecto, pasé a un área corta más despoblada, que estaba entre la mesa verde del foro y la gran cantidad de asistentes detenidos por cuerdas y vigilantes, área en la que percibí que los custodios se desistieron de su intento por detenerme pues tendrían que haberme tirado al suelo y usar sus armas escondidas, ante la mirada de miles de personas, pero con toda decisión seguí mi trayecto con la carta sostenida en uno de sus extremos y apuntando con el otro extremo hacia arriba, para que fuera evidente que solo se trataba de entregarla al líder y no de un atentado.

Ya parado junto al líder, también Senador de la República que intuyendo que llevaba una petición, no se molestó por mi llegada a ese lugar, le extendí sobre la mesa la ya maltratada hoja, y al bajar su mirada para leer rápidamente y sin voltearme a ver en ningún momento; con esto tranquilizaba a sus custodios.

Después de conocer el documento y de percatarse de quién se lo enviaba, me preguntó: ¿Hay plaza vacante en el Hospital de Azcapotzalco?; le contesté que sí, y sobre la mesa cubierta con terciopelo verde alcanzó su pluma de tinta negra, y en el mismo papel de sólo una cuartilla, anotó textualmente en dos renglones cinco palabras: “Juan Díaz, no me falles”, y por debajo estampó su rúbrica en forma de “caracol”. Le estreché la mano para de inmediato alejarme, agradeciéndole su atención. Aunque en ese momento aún no había yo visto lo anotado en la tan “paseada” carta, percibía que había tenido buen efecto el arriesgarme.

Hasta después de salir del auditorio y ya en la explanada, leí lo anotado, dibujándose en mi cara una sonrisa de satisfacción que aunque no la observé, nunca la olvidaré. Ese momento y ese hecho, determinaron mi destino laboral, y mi estancia en mi querido Pemex y posteriormente ya jubilado, mis servicios como profesionista externo como capacitador y consultor para esa empresa a quien le he dado mucho y que asimismo me ha otorgado desde el 7 de octubre de 1981, un sustento decoroso que mucho más que ayudarme a mí, me ha servido para apoyar a mis hijos y su desarrollo, y múltiples e interesantes experiencias.

Años después, al verse claro que la sindicalización de los médicos había sido un fracaso, las plazas volvieron a ser manejadas por la Administración y no por el Sindicato, pero yo ya tenía mi puesto de planta como trabajador de confianza y un exitoso camino recorrido.

Después de mi incorporación a Pemex, el Dr. F.O. me comentó, que se había negado a mi ingreso, pues haciendo lo contrario a lo que quería el sindicato, dicho gremio lucharía con más fuerza por mi incorporación; bueno, creo que algo tenía que decir; con el tiempo reconoció en varias ocasiones y me manifestó su complacencia con mi manera de trabajar pues me tocó “abrir brecha” y ser formalmente uno de los dos iniciadores de la Medicina del Trabajo en Pemex.

Ese empujón ante una injusta situación, se constituyó como un parteaguas en mi vida; los siguientes escalones que de hecho no fueron fáciles, a pesar de múltiples obstáculos los subí paulatinamente con mi trabajo constante, mi actitud y mi decisión de trabajar con todo profesionalismo por la conservación de la salud de los trabajadores petroleros, pero ya sin contar con el apoyo de ninguna otra persona influyente, solo con mi constante y cotidiana labor. Me empezó a constar que la diabetes no la debo ver como un obstáculo.

En fin, aunque solo hago el relato de un aspecto inicial de mi vida laboral, por estar desencadenada por ese hecho, se han presentado múltiples brechas que he superado al vivir con diabetes tipo 1 y que me han ayudado para fortalecerme, y por la otra, muy buenos e inolvidables momentos que me ha permitido la vida disfrutar tanto en el ámbito laboral, como principalmente en mi vida personal; no ubico con exactitud el año en que las jeringas desechables sustituyeron a la de vidrio.

No omito comentar la gran etapa vivida con mi primera esposa Mara, quien como doctora y reconocida traumatóloga fue un gran apoyo para mí, además de darme a mis dos hijos varones. Recuerdo aquella hipoglucemia después de estar corriendo con ella en Cuernavaca, en que después de perder el conocimiento convulsioné, pero con su apoyo logré reestablecerme. Sin embargo, después de 11 años de matrimonio nos divorciamos, siguiendo yo muy pendiente de los apoyos económico y moral para mis hijos.

Fue una etapa muy difícil al vivir por segunda vez solo como una persona dependiente de la insulina, pero salí adelante gracias a que extremé medidas de control; de esa etapa no puedo olvidar la mañana en que desperté en la Cruz Roja al lado de dos enfermeras y una solución glucosada conectada a una de mis venas, después de haber chocado contra un taxi rumbo a mi trabajo por estar hipoglucémico; supe que un rescatista se percató de mi situación al sacar una gota de mi sangre de un dedo y aplicar un destrostix.

Asimismo he sobrepasado otras brechas en compañía de mi compañera diabetes, destacando las dos horas de 1998 en que viviendo solo y dos meses antes de volverme a casar, fui secuestrado para asaltarme en mi domicilio y luego en dos cajeros permanentes en Av. Lomas Verdes; hasta ahora no entiendo de donde saqué la tranquilidad necesaria para portarme amigable y cooperador con el fin de mantener tranquilos a tres delincuentes menores de edad armados, con lo que logré que al abandonarme en un oscuro terreno de la zona industrial de Naucálpan, no me liquidaran cuando obedecía su indicación de caminar (rezando en silencio un padre nuestro) al lado contrario al que huían en mi automóvil cargado de pertenencias mías. Al quedar en mangas de camisa (pues entre todo lo robado de mi departamento y mis pertenencias, también se llevaron puestas mis chamarras), sentí el mejor frío que he tenido en mi vida, ¡pues eso implicaba que estaba vivo!.

Asimismo menciono las bajas de azúcar en las que Dios me ha puesto enfrente a algunos ángeles metidos en el cuerpo de personas, que me han ayudado a restablecerme, o los invaluables apoyos y consejos de personas específicas entre quienes destacan Beto mi hermano, tanto antes de su muerte en 1988 a los 37 años de edad, como después, de varios de mis hermanos más cercanos, de los Servicios Médicos de Pemex y de profesionales de la medicina como la Dra. Paloma Almeda a partir de 2009, mediante las cuales también Dios indudablemente ha extendido su mano.

Después de vivir solo durante 8 años, por segunda vez me casé, ahora con Norma, abogada que me dio una tercera hija, mi Gaby. Después de 16 años de matrimonio nos divorciamos (situación nada fácil de manejar). Reinicié entonces en mayo de 2015 mi tercera etapa de vivir solo hasta la actualidad. El manejo de mi diabetes se tornó mucho más difícil al tener que estarme diariamente midiendo la glucosa 4 o más veces al día y aplicarme 4 o 5 inyecciones de insulina. A fin de cuentas, tuve que extremar aún más mi disciplina al enfrentarme a nuevos obstáculos; con el apoyo de muchas personas y mediante mi propio esfuerzo, estoy de nuevo saliendo adelante de situaciones que a nadie le deseo.

Después de mi entrada a Pemex, en mi vida, he tenido otros dos importantes “NO” por vivir con diabetes tipo 1, que tengo bien tatuados en la mente pero que asimismo me han servido para demostrarme quién realmente soy, lo mucho que valgo y todo lo que puedo lograr.

De haber nacido a principios del siglo XX, no hubiese llegado a cumplir los 21 años de edad, pero por el gran desarrollo de la ciencia médica, por la insulina, por tener una disciplina en mis hábitos alimenticios, el ejercicio diario (ya sea mis 4 kilómetros corridos tres veces por semana, o el uso de la escaladora otras tres veces por semana), el ya esporádico trabajo en mi especialidad, mi hobby de la carpintería, el baile del tango, el estilo de vida en general, el apoyo de los seres queridos, que siempre es una gran medicina, y el haber sido ayudado en diversos momentos nada fáciles por amigos y amigas muy especiales, he llegado al disfrute de estos días.

La diabetes no es precisamente la que mata, sino que lo son sus complicaciones que principalmente se presentan en los vasos sanguíneos de la retina de los ojos, de los riñones, y de las arterias cercanas a nervios, lesiones que suelen aparecer en pocos años si no hay un buen control. En mi caso, ya hay lesiones en algunos nervios en las extremidades inferiores y en la retina de mis ojos, afectando mi visión y que han requerido de tratamiento médico y quirúrgico. Lo que ahora hago es esforzarme para que con mi control, dichas complicaciones avancen lo más lentamente posible.

En enero de 2015, al salir del Centro Administrativo de Pemex, antes de atender una invitación para comer en el departamento de la Nena mi hermana, me detuve para bolearme los zapatos con el siempre jocoso Richard, quien al ver que en la silla me estaba midiendo la glucosa con mi inseparable glucómetro, se levantó de su banco para acercarse al aparatito y me comentó que uno similar tenía su esposa, pero que ella no se controlaba de esa manera, ahí mismo me inyecté, comentándole que ya llevaba entonces 42 años conviviendo con la diabetes, al tiempo en que llamó al encargado del vecino puesto de tacos, haciéndole ver lo que es el control de la diabetes. Él le contestó lo mismo que en México piensa una gran mayoría de diabéticos: “de algo me tengo que morir”. Yo le dije que si pensara así, no hubiese existido mi preciosa y valiosa hija Gaby de 18 años. Por primera vez vi a un Richard serio, sin bromear ni cantar, me dejó los zapatos mejor que nunca, le pagué y me despidió con un fuerte abrazo, creo yo que de reconocimiento.

A propósito, invito a quienes tienen factores de riesgo para la diabetes tipo 2, como: antecedentes familiares, sobrepeso y sedentarismo, para que se despabilen y a quienes ya padecemos cualquier tipo de diabetes, para que nos cuidemos sabiendo que sí se puede llevar un buen control y hasta realizar deportes extremos; en los últimos tiempos me he relacionado principalmente a través de redes sociales, con grupos de diabéticos tipo 1; me da gusto poder apoyar a otros compañeros mucho más jóvenes que yo y asimismo recibir buenos tips.

A mis 65 años, después de 45 años y medio con la diabetes (más de 2/3 de mi vida) y de más de 24,300 inyecciones de insulina, cuatro mediciones diarias de mis niveles de glucosa con mi glucómetro que me acompaña a todas partes, de la inyección de insulina lenta por las mañanas al despertar, mas tres inyecciones de insulina rápida antes de cada comida, y que desde febrero de 2017 substituí por la bomba infusora de insulina que permanentemente traigo unida a mi cuerpo mediante una cánula junto a un tanquecito para la insulina dentro de la bomba, que cambio cada 3 días, por donde pasa la insulina a todas horas a mi cuerpo, pero en más cantidad al ingerir alimentos con lo que llevo un mejor control aún, sentí la necesidad de reflexionar profundamente, de darle GRACIAS A DIOS por todo lo que me ha dado después de más de 16,700 mañanas, el otorgamiento de un nuevo día y de compartir contigo esta experiencia de convivir armónicamente con la diabetes.

MARIO BALCÁZAR QUINTERO


 

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Posted in Noticias, Uncategorized by amdiabetes